domingo, 22 de septiembre de 2013

Angela Merkel: Austeridad sustentada en la racionalidad mercantil.


La mujer razonable y poco dada a aventuras. La mutti (mamá) conservadora que se preocupa por el bienestar —y la cartera— de sus conciudadanos. La doctora en Física y política de indudable éxito que, pese a todo, sigue comportándose como haría cualquier hausfrau (ama de casa) alemana, que busca un momento libre en su jornada laboral para hacer un recado. Los democristianos alemanes han basado toda su campaña en la popularidad de su máxima líder y canciller. No es la ideología lo que hará ganar el próximo domingo a su CDU, sino la percepción de que en tiempos convulsos conviene dejar la nave en manos de alguien como Angela Merkel. Una persona que a dos días de unas elecciones que día a día parecen más igualadas entre el centroizquierda y el centro derecha encuentra tiempo para salir a hacer la compra a un supermercado del centro de Berlín.
No es la primera vez que se ve a la mujer más poderosa de Europa eligiendo tomates, verduras o vino. Los medios alemanes ya han publicado alguna foto de Merkel saliendo del súper. Y los clientes que esta mañana estaban en Ullrich, un establecimiento de gama media al lado de la estación de metro de Möhrenstrasse, unos dos kilómetros de la cancillería, no parecían muy extrañados ante una imagen que sería totalmente inusual en España, Italia o Francia. Nadie se dirigía a ella para felicitarla por ponerse dura con el sur de Europa o para recriminarle que la factura de la luz sea cada vez más alta. Cada uno iba a lo suyo como si Merkel fuera una cliente más. Solo se veía alguna cara sorprendida al reconocerla. “Sí, es ella”, le susurraba a su hija una mujer.
Empujando su carrito con gesto serio, la jefa de Gobierno y del partido democristiano hacía sus compras sin dar la impresión de tener mucha prisa. Aunque ayer estaba en un establecimiento frecuentado por la clase media, en otras ocasiones se le ha visto en la sección de quesos de las lujosas Galerías Lafayette. Tras pasar por la caja y cargar los alimentos en una bolsa que ya llevaba, la canciller salió del establecimiento pasadas las once de la mañana y se metió en el coche oficial. Un mitin en Hannover le esperaba.
Pese a que se trataba de una escena totalmente espontánea —este enviado especial se encontró la escena por casualidad, no había ni fotógrafos ni periodistas alemanes— la imagen que transmite Merkel en el supermercado dos días antes de las elecciones coincide a la perfección con la que su campaña quiere dar. Mientras sus rivales se desgañitan convocando una acción de 72 horas para arañar los últimos votos disponibles, ella sigue impertérrita, convencida de que pase lo que pase el próximo domingo, su partido seguirá siendo el más votado. Los electores podrán forzarle a pactar con los liberales, con los socialdemócratas o incluso con los verdes, pero salvo catástrofe imprevisible ella seguirá al mando. El candidato socialdemócrata, Peer Steinbrück, ha animado la campaña con titulares y gestos que se recordarán. Ella, no. Sabe que tiene las de ganar y no quiere arriesgar.
Su imagen es de una líder conectada a la realidad del ciudadano de a pie y que sabe cuánto cuesta un kilo de arroz. Mientras Steinbrück se vanaglorió de solo consumir vino que cueste más de cinco euros, Merkel va por la mañana a la compra en Berlín y por la tarde a Hannover con la misma chaqueta.
Los ciudadanos aprecian esta llaneza y cercanía de Merkel. Cuando se va de compras y pasea su aspecto de persona sin pretensiones, la mujer más poderosa del mundo se parece mucho a cómo los alemanes prefieren verse a sí mismos: un país fuerte, sí; pero austero y sustentado en la racionalidad mercantil de sus empresas, el trabajo duro y en las sencillas ecuaciones económicas del que va al súper. Es la filosofía de la famosa hausfrau suaba —pese a que su perfil vital tiene poco de ama de casa— que la canciller suele mencionar como el modelo para una política financiera prudente: algo tan simple como no gastar más de lo que entra casa.
Cuando Merkel impone sus políticas de austeridad en Europa, gran parte de los alemanes creen, con ella, que no hay alternativa. Cuando Merkel se niega a acompañar a sus aliados en las campañas de Libia o en una hipotética intervención militar en Siria, la aplastante mayoría de los ciudadanos de la tercera potencia exportadora de armas del mundo respiran aliviados desde el franco pacifismo.
En tiempos de crisis, Merkel capitaliza las simpatías de unos votantes que en periodos más tranquilos preferían perfiles más propensos al espectáculo. Al principio de la legislatura que ahora termina, el ministro más popular de su Ejecutivo era Karl-Theodor zu Guttenberg, un aristócrata multimillonario y apuesto, nacido en un palacio. El anterior canciller, el socialdemócrata Gerhard Schröder, se distinguía por su arrojo político ante decisiones impopulares. A Merkel no le gustan las aventuras por lo que conllevan de incertidumbre. El pronóstico para las elecciones parece ahora más abierto que hace unas semanas. Pero ella se negó ayer a romper su rutina de ir de compras los viernes. La rutina es lo contrario de la aventura.

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